"Si pudiera dormir rodeándote con mis brazos, la tinta podría quedarse en el tintero" (D. H. Lawrence)

jueves, 25 de julio de 2013

"La aventura de Apagafuegos"




“Érase que se era en un país llamado Dragolandia que una tormenta descomunal descargó una intensa lluvia de colores y escandalosos truenos.
 Apagafuegos, un dragón jovencito y curioso, salió al bosque para contemplar el espectáculo y estaba en ello cuando ¡flash! un golpe lo dejó temblando, despatarrado sobre la hierba y con las orejas calientes echando humo. Se refugió en el fondo de su cueva hasta que volvió el silencio y los rayos del sol iluminaron la entrada. Bueno, todo había pasado…Suspiró más tranquilo. Sin embargo ¿por qué tenía la garganta tan seca?
 Probó a respirar fuerte y a lanzar una bocanada de fuego pero ¡no le salía!
Probó otra vez. Aquello era imposible. ¡El siempre había tenido fuego! Lo intentó una y mil veces pero resultó inútil. Nada de nada.
 Cabizbajo, avergonzado de sí mismo, decidió visitar el País de las Hadas. Si alguien podía ayudarle tenía que ser un hada y tenía que ir antes de que cualquier habitante de su reino se enterase. ¡Que vergüenza, reconocer que no podía lanzar su bocanada! Y para colmo, dentro de dos semanas sería la fiesta nacional de Dragolandia, en la que los jóvenes lucían sus mejores galas y fanfarroneaban de la longitud de su llama ante las chicas para conquistarlas.
¡Oh! Una tristeza aún más grande se apoderó de él.
 Echó en una mochila su bocata, su sombrero por si el sol calentaba demasiado y un paraguas por si volvía a llover. Cerró la cueva y emprendió el viaje.
El País de las Hadas no estaba demasiado lejos pero sí concurrido. Tanto, que tuvo que aguardar cola varios días hasta que un conejillo rojo le preguntó el motivo de su visita.
 - Quisiera hablar con el hada más hada del País – respondió.
 El conejillo lo miró como si fuera un dragón tonto y le dio tanta vergüenza que se sonrojó hasta las orejas.
 - Todas las hadas son importantes. Lo que sucede es que cada una resuelve un tipo de problema – replicó el conejo, armándose de paciencia- ¿Cuál es el tuyo?
 Apagafuegos miró en rededor. Tenía detrás un gallo sin cola, una llama de colorines y varios ratones charlatanes que lo miraban con curiosidad. ¡Ni hablar! No estaba dispuesto a que ellos se enterasen.
 - Es privado - le susurró al conejo lo que le había llevado hasta allí en la picuda oreja.
 - ¡Oh, entiendo…
Y debió parecerle tan grave que lo condujo ante la mismísima Reina de las Hadas.
 Apaga quedó embobado ¡Era el hada más preciosa que hubiera imaginado nunca! Ella escuchó sus tristes balbuceos y después dejó oír su dulce voz:
- Tranquilízate, joven dragón. Puedo ayudarte. Pero a cambio, deberás mostrar tu grandeza de corazón. Realizarás una buena acción en el País de los Humanos. Y como sé que nunca has estado allí, te acompañará Oidor, mi guía favorito. Deberéis estar de vuelta antes de dos días.
Dicho esto ¡plof! desapareció, dejando en su lugar a un duendecillo azul.
 - Hola – se presentó, jovial – Yo soy Oidor. ¿Tienes las orejas limpias? Porque tendrás que alojarme en ellas…
 Apaga tuvo que soportar las cosquillas que le producía tener un duende allí dentro pero reconoció que como guía era espléndido ya que en poco rato divisaron una bola azul donde millones de hormiguitas humanas se movían inquietas. Sobrevolaron muchas ciudades hasta que Apagafuegos sintió que sus tripas alborotaban las nubes con el ¡tromp, tramp! del hambre y decidió pararse en un inmenso parque para compartir su bocata con Oidor. Después se pusieron en marcha, dispuestos a realizar la buena acción que la Reina le había encargado.
 - ¿Y cómo lo hacemos? – se preguntó Apaga - ¿Preguntamos a la gente si necesita un favor?
 Oídor rió por lo bajini antes de contestar a su ignorante y reciente amigo.
 - ¡No, hombre! Lo haremos cuando veamos a alguien triste.
 - ¡Pero si lo están todos!
 Era verdad. Caminaban por una gran avenida llena de humanos y nadie les miraba, atentos sólo al ruido de los coches y a seguir su camino. Tenían los rostros serios, antipáticos. Y no había niños.
 Caminaron mucho, buscando y buscando pero nadie parecía necesitarles y cuando llegó la noche durmieron al aire libre, acurrucados el uno en el otro.
 Les despertaron unas voces de chicos, ya muy de mañana, y toda la desesperanza con la que se acostaron desapareció de inmediato. De un salto se levantaron, se asearon la cara y las patas en el bajante de un canalón y salieron a investigar. ¡Allí estaban los niños! Sobre una cancha de cemento gris jugaban a baloncesto alrededor de un aro. ¡Y allí estaba también su buena acción!
 Un chiquillo de piel morena, con los ojos más tristes que habían visto en todo su recorrido por la ciudad, y con el corazón latiéndole a cámara lenta. Daba tanta pena verlo allí, solo en un rincón, que a Apaga le saltaron dos lagrimones y uno le cayó encima a Oídor, mojándolo entero.
 - ¿Has visto qué triste está? – rugió despacito nuestro amigo el dragón - ¿Qué crees que le ocurre?
 - Vayamos a averiguarlo – razonó Oidor, que era muy práctico.
Y eso hicieron.
El niño se llamaba Alberto y estaba acongojado porque sus amigos, que eran más altos, no le dejaban jugar con ellos. El sabía que no llegaría a encestar ninguna pelota ¡pero si al menos le dejaran intentarlo! ¡No tenía la culpa de ser tan bajito!
Oídor le entendía perfectamente pero no se le ocurría nada. Por el contrario, Apaga se acercó a los chavales, les propuso algo y todos asintieron, alborotando.
 - Bueno, si va a ser así…
 - Vale, que lo intente…
 - ¡Pero luego nos paseas a nosotros!
Dicho y hecho. Apagafuegos cogió a Alberto con una de sus zarpas por la cintura y, ante el alborozo de Oídor, lo levantó en el aire y mientras con la otra votaba la pelota y se la pasaba, Alberto encestó limpiamente en el aro.
 ¡Menudo partido terminaron jugando! Los demás chicos se tropezaban con las patas de Apaga y se tronchaban de risa así que perdieron por cien puntos.
 Después, el dragón cumplió su palabra y paseó sobre su lomo a todos los chicos, cantando y bailando los chascarrillos que Oídor les iba enseñando. ¡Esta vez sí que les miró la gente!
 Llegado el momento de la despedida los chicos prometieron que Alberto jugaría con ellos siempre que quisiera, rogándoles que volvieran algún día pues había sido muy divertido jugar con ellos.
 Ya en el aire, cuando la bola azul era sólo un puntito lejano, Oídor acarició la oreja de Apaga y le susurró:
 - ¡Eres el dragón más listo que he conocido nunca! Espero que siempre seamos amigos.
Apagafuegos se sintió tan orgulloso que se puso colorado… ¡Y le salió una llamarada roja, roja y enorme!
Y con semejante final feliz, como debe ser el de todos los cuentos, éste se ha terminado”


Esta pequeña historia se la dediqué a Cristina cuando tenía cinco años, como regalo de navidad. Hoy, más de veinte años después, su compañero se llama Alberto, es bajito y moreno, igual al humano que yo inventé ¿Alguien se atreve a dudar de que soy – en el buen sentido de la palabra, por supuesto – una autentica bruja? Porque las coincidencias no existen; las señales del destino, sí; estoy convencida. En todo caso, en este verano de 2013 extiendo la dedicatoria a ambos, Cristina y Alberto, por ser tan lindos como pareja y como personas.

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5 comentarios:

  1. Que bonito, me ha encantado Chus :)
    Un besito muy grande. Te quiero maestra ♥

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  2. como siempre los cuentos me encantan, este..que decir, hace 20 largos años lo disfrutamos las tres.
    Angy.
    Y VAYA CASUALIDAD,,,,JE,JE.

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  3. Nadie duda de que seas una bruja, y no solo en el buen sentido de la palabra =P. Elena

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  4. a mi también me ha encantado,nunca puse en duda tus dotes de bruja buena ,hermana

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    1. Gracias a todas por vuestras buenas intenciones ( las de unas mejores que las de otras, no cabe duda) Besazos.

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