"Si pudiera dormir rodeándote con mis brazos, la tinta podría quedarse en el tintero" (D. H. Lawrence)

jueves, 19 de septiembre de 2013

"La princesa"




Érase una vez una princesa que vivía en un país lejano. Su rostro era agraciado y su corazón, inmenso. Pero hete aquí que ella lo escondía ante todos. La causa no la sabía pero sentía en su interior el poderoso instinto de mostrarse ante el mundo cruel y fría, como si fuera un témpano. Lo cual, claro está, la llevaba a no ser amada como anhelaba por las personas de su alrededor. Muchas veces, cobijada bajo su edredón de plumas de ganso, intentó vislumbrar qué la llevaba a mostrarse de ese modo y no ser gentil y educada como veía hacer a otras princesas; pero nunca halló la respuesta.
 Pasaron por su vida príncipes encantadores a los que procuró mostrar su rostro dulce, pero el desinterés se instalaba en su corazón cuando pasaba un tiempo. Nadie enternecía lo suficiente su palpitante órgano como para rendirse incondicionalmente ante él. Sus padres, los reyes, creían que habían dado a luz un pequeño monstruo en vez de una hija, y se preguntaban cómo haría el reino para sobrevivir a su frialdad una vez ellos faltaran. La angustia y llantos de la reina, y los gritos airados del rey resonaban a menudo en palacio, pidiendo un milagro que transformara a su heredera en un ser distinto. Pero ella se limitaba a mirarles, sin saber cómo complacerles.
Un día, cercana la fecha de su cumpleaños, ocurrió una tragedia. Un terremoto feroz se abalanzó sobre el reino y devastó las ciudades, aldeas y campos…La gente comenzó a emigrar a palacio, buscando consuelo a su desdicha y los reyes no supieron cómo reaccionar, asustados ante tanto dolor.
 Entonces, en medio de la desolación, el corazón de la princesa comenzó a arder y una luz transcendió de ella, calentando el frío que la desventura había traído a su tierra. Comenzó esbozando una sonrisa y terminó mostrando una bellísima dentadura, blanca como el nácar, y unos ojos brillantes que servían de espejo para todo el que se miraba en ellos. Y ya no vieron una muchacha bonita y altiva, sino una dama de alegres rasgos, dulces maneras y afectuoso trato. Una mujer que sabían, les consolaría en los duros momentos, les llenaría de paz con sus decisiones sabias y les mostraría cariño cuando se sintieran solos.
 Esa noche, cuando la princesa se arropó con su edredón, no tenía la cabeza llena de preguntas sino de certezas. Sabía que había dejado de ser una niña “en búsqueda de no sabía qué” y se había encontrado a sí misma.
Había mirado en el interior de su corazón y había hallado lo que siempre, en lo más hondo, había sido: una persona bella.


Con permiso de Marta  y, por supuesto, para ella.

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"La princesa" by Mercedes Gallego is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

1 comentario:

  1. escritora ,poeta...maestra..pero lo que mas me gusta es Cuenta Cuentos.con cariño, ja ja
    ANGY

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