"Si pudiera dormir rodeándote con mis brazos, la tinta podría quedarse en el tintero" (D. H. Lawrence)

jueves, 13 de agosto de 2015

Hoy un cuento: Gomita de nata.


En un país cerca de aquí vive una preciosa niña a la que sus amigos llaman “Gomita de nata”. ¿Queréis saber por qué? Pues porque al cerrar los ojos y dormirse comienza a salir de ella un olor especial que no tiene nada que ver con su colonia ni con el jabón con que la lava su mamá.
Nadie sabe desde que momento empezó a oler así porque como sólo le ocurre cuando está dormida, no habían reparado en ello. Lo descubrió una noche su tía Irene y cuando se lo dijo, Marina, que así se llama la niña, se quedó maravillada.
Aquella noche su mamá había ido a una fiesta y la niña se quedó con su tía. Juntas se metieron en la cama y comenzaron a leer y a comer chucherías ¡Lo pasaron en grande! Pero como Marina se durmió antes, su tía empezó a sentir aquel olor tan extraño. Intrigada, rebuscó en los cajones de la mesilla, olisqueó las flores secas del jarrón, metió las narices en los restos de las chuches…¡Pero nada, aquel olor no estaba allí! De pronto Nina se removió en la cama y su tía fue a arroparla. Los ojos se le agrandaron por la sorpresa ¡Era Marina quien olía tan bien! Y rápidamente supo de qué era el aroma… ¡De goma de nata!
Cuando era pequeña a Irene le habían encantado las gomas de nata y se pasaba las horas muertas en el colegio con la goma pegada a la nariz ¡Y ahora su sobrina olía igual! ¿Qué mágica sorpresa era esa?
Nadie lo sabía. Sin embargo, a partir de investigar en la guardería, una profe le dijo que había notado algo pero que había creído que era una colonia nueva para bebés.
Sin salir de su asombro, su mamá empezó a olerla todas las noches cuando se quedaba dormida y a Marina aquello le encantó porque toda su familia estaba pendiente de ella. Y empezaron a llamarle “gomita de nata”.
Un día, en el colegio, cuando ya tenía siete años, ocurrió algo increíble. Estaba haciendo sumas y se le acabó la goma; entonces empezó a quitar con los dedos los restos que se le habían pegado al papel y al mirar de nuevo la hoja ¡había borrado las soluciones de las sumas de arriba! Asustada, Marina se miró los dedos…¡ Llevaba un número pegado en la yema! Se lo quitó en un momento, frotándose el babi, y miró alrededor por si alguien la había visto ¡Y vaya que sí! Su amigo Carlitos estaba con los ojos grandotes fijos en ella.
  • ¡Hazlo otra vez! – le pidió.
Marina negó con la cabeza. No quería que la señorita se enterase porque a lo mejor se enfadaba.
  • ¡Venga, hazlo! – insistió Carlitos.
  • ¡Qué no, cállate! – suplicó Marina.
De repente, la voz de la señorita se oyó desde detrás de su mesa.
  • A ver, Marina y Carlitos ¿habéis terminado ya las cuentas?
  • ¡Marina borra sola! – gritó Carlitos haciendo que toda la clase se volviera a mirarla.
La señorita se acercó (tac, tac, tac) con sus tacones altos y miró muy seria a Carlitos.
Marina no sabía dónde esconder la cara porque la tenía colorada como un tomate; y para colmo, el 5 que se había quitado del dedo se le había pegado en una manga del babi. Corriendo, se lo limpió de un manotazo.
  • Bueno, Carlitos, ¿qué es esa broma? Marina no es ninguna goma.
  • ¡Pues en su casa la llaman “gomita de nata”! – se chivó Valentina.
  • ¡Pero es por mi olor! – replicó ella, poniendo cara de querer morder a su amiga.
  • ¿Cómo? ¿Cómo? – la señorita se acercó un poco más y le olisqueó el pelo - ¿Qué es eso de que hueles a goma de nata? Yo no huelo a nada.
Marina bajó la cabeza, avergonzada porque todos la estaban mirando.
  • Es solo cuando estoy dormida – respondió bajito.
  • ¡Que se duerma! ¡Qué se duerma! – gritaron los niños a coro.
  • -¿Ahora no tengo sueño! – protestó ella.
  • ¡Bueno, pues que te entre! – insistió Carlitos – Pero es que además – le contó a la señorita poniendo cara de revelar un secreto - ¡Es que borra! ¡Yo la he visto como se quitaba un cinco de encima!
  • ¡Pero no sé cómo lo he hecho! – se defendió Marina mientras los otros niños rodeaban su pupitre al grito de: ¡Borra! ¡Borra!
La señorita, que no sabía qué hacer porque jamás se había encontrado una niña tan curiosa, mandó callar a todos con un silbato y después le pidió a Marina:
  • Por favor ¿quieres borrar esa hoja de cuentas?
Y Marina tuvo que hacerlo, claro ¡Lo mandaba la seño! Empezó con el dedo gordo y cuando se le puso colorado pasó al Índice, y después al Corazón, y así hasta que borró con todos los dedos y la hoja quedó en blanco.
La señorita se quedó con los ojos tan abiertos que parecía un búho pero sus compañeros dieron palmadas y la llevaron a hombros por toda la clase al grito de “¡Gomita de nata! “ “¡Gomita de nata!”
Durante todo el día fue la sensación del colegio y los demás profesores vinieron a ver cómo Marina dejaba limpias las hojas de su cuaderno.
A partir de entonces sus compañeros no tuvieron problemas para borrar cuando se les acababa la goma porque siempre estaba Marina para echarles una mano.
Sin embargo, la profesora se había quedado muy intrigada y quería saber si lo del olor también era verdad. Una tarde, a la hora de gimnasia, estuvieron jugando a los bolos y se le ocurrió dar permiso a los niños para que se tumbaran en las colchonetas, y como estaban muy cansados y el sol entraba calentito por la ventana, todos se quedaron dormidos. Entonces, un olor estupendo comenzó a llenar el gimnasio…¡Olía a nata!
La señorita, que no quería que los niños se perdieran aquello, comenzó a espabilarles uno a uno, poniéndoles un dedo en la boca para que no despertaran a Marina, y así todos pudieron disfrutar de su olor.
Y a partir de entonces todos, todos los niños del colegio la llamaron también “Gomita de nata”.
Y colorín, colorado, este oloroso cuento se ha acabado.


Para Elena, de tía Chus, en recuerdo de una noche en que mamá se fue de cena y nosotras lo pasamos genial. Enero 1999.

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