"Si pudiera dormir rodeándote con mis brazos, la tinta podría quedarse en el tintero" (D. H. Lawrence)

jueves, 27 de agosto de 2015

"Lomba, el calderero"

Mi padre se llamaba Manuel Pérez Lomba, nació en Don Benito un día de Agosto de 1929 y ejerció la profesión de calderero desde que era un niño hasta que se jubiló, “dejando huérfana a la localidad de su buen hacer artesano” según consta en “La crónica de Don Benito”.
Murió en 2007, un 25 de abril, el día que los portugueses celebran su revolución de los claveles, y estoy segura de que mi padre hubiera preferido estar en cualquier tascucha lusa celebrando dicho evento que siendo el protagonista de su funeral puesto que era un hombre que amaba tanto la vida que le daba pánico la muerte; pero como en eso no se puede mandar, él se fue a cantar coplas con “los de arriba” mientras nosotros nos quedábamos para añorar su presencia.
No voy a ensalzar a mi padre como si hubiera sido perfecto, porque no lo fue; la vejez lo volvió gruñón y entrometido, pero hoy, al rememorarlo, son las imágenes más lejanas las que emocionan mi corazón.
Si estoy escribiendo esto es porque tirando papeles encontré el recorte del periódico que menciono más arriba y mis ojos se regodearon en su imagen, en la del hombre al que tantas y tantas veces contemplé trabajar – a veces hasta le ayudaba a sujetar un caldero mientras él remachaba los clavos, o mantenía caliente la fragua cuando moldeaba los hierros – con el que me sentaba a la mesa, con el que veía partidos de fútbol mientras me mandaba callar porque alborotaba como una loca y lo ponía de los nervios, o al que molestaba siempre que veía una corrida de toros en una tarde calurosa y se empeñaba en que mirase la “tele” con él cuando a mí siempre me ha repelido “la fiesta”… ¡Tantos momentos que entonces no significaban nada y ahora son un cúmulo de hermosos recuerdos!
Quizá no fue el mejor padre del mundo si lo miramos desde la óptica moderna aunque su papel resulta comprensible si pensamos que se crió en una época donde la obligación del hombre era simplemente traer el sustento a casa; con todo, hubo momentos en que lo intentó, en los que expuso a pecho descubierto sus buenas intenciones, como el día en que me compró mi primera cassette original de Miguel Bosé, ya que no podía llevarme a un concierto suyo, o el que me escuchó decirle que me gustaba un niño – teniendo apenas trece años- y no se rió ni enfadó, conversando conmigo como si fuera una adulta.
También le debo haberme iniciado en el glorioso arte de los crucigramas. La primera palabra que aprendí fue “tas” (yunque de platero); después vinieron “oto”, “eral”, “arana”…Tantos y tantos vocablos que despertaron en mí el amor por las letras.
Pero si algo me transmitió mi padre fue el valor de la amistad. Para él, después de la familia - y a veces hasta en el mismo nivel - estaban sus amigos. Manolo Lomba fue el mejor amigo que alguien pudo tener. Divertido, amante de la buena mesa, dispuesto a meterse en jarana, a soltar el primer gorgorito…”Mi niñez son recuerdos de un patio de Sevilla”, citaba Machado; y yo podría decir que la mía lo son de un patio con taller en el que mi padre trabajaba al compás del “Protagonistas” de Luís del Olmo o al de las canciones de “doña” Concha Piquer, o de su preferida, Marifé de Triana – aunque mi madre se decante en su memoria por Rocío Jurado o Manolo Escobar.
En todo caso, lo mismo da. Consiguió que yo heredara su devoción por la copla, llenando mi mente con las historias truculentas que en ella se narraban, como en “La bien pagá”, “Tatuaje” o “Picadita de viruela”.
Como ya he dicho, mi padre me enseñó a valorar la amistad y desde muy joven he presumido con que mis amigos son mi mayor riqueza. Así lo festejamos cada día de San Silvestre, cuando emulando a mi padre y su pandilla en lo que antaño fuera el bar Verea, despedimos el año al son de villancicos o coplas – dependiendo del grado de alcoholemia y de lo que nos pidan los parroquianos ( que tantas veces me reconocen como “la hija de Lomba”). Rememoro especialmente ese día porque en sus últimos años, cuando él ya tenía tan diezmados a sus amigos, no dejaba de pararse a saludarnos, con lágrimas en los ojos por los recuerdos de lo que tiempo atrás vivió él entre aquellas paredes, mientras se tomaba un “chato” con nosotros. Desde su muerte, no hay año en que algún amigo no me recuerde ese dato ¡Cómo si yo pudiera olvidarlo!
Poco más puedo decir, aunque queden tantos instantes en el tintero, para expresar quien fue mi padre, “el calderero de la calle Ancha”. Sólo le deseo que esté feliz allá donde se encuentre, y que me mire con una sonrisa tierna, dándome el beneplácito por lo que conté al mundo de él.

En su nombre ¡Aúpa el Valencia! ¡Y en su defecto, el Real Madrid!


Se acabó agosto y volvemos a la rutina  de trabajar el blog. La próxima semana os espero ya con novedades. Saludos.

jueves, 20 de agosto de 2015

Metida a bloguera


La semana pasada terminé de leer un libro que recomiendo encarecidamente: “Invierno en Madrid”. Su autor es un escocés doctorado en Historia, Cristopher J. Sansom.
Lo recomiendo a aquellas personas que, como yo, sean unas forofas de la Historia, en particular de la del siglo XX y en concreto de la española.
En él se reconstruyen los primeros años del franquismo, justamente cuando el resto de Europa estaba luchando o esquivando a Hitler. Y su lectura me llevó a una interesante conversación en la que yo argumenté lo repulsivo que me parecía que Churchil aparezca en los libros de Historia como un héroe cuando en realidad para los españoles más bien desempeñó el papel de villano. Soy consciente de que llevo una republicana en mis entrañas – me han dicho si no seré la reencarnación de alguna, tomándome como me tomo tan a pecho las circunstancias de aquella época, y no reniego de que pudiera ser cierto...- pero es que pensar en cómo tanta gente sufrió cuarenta años de dictadura cuando podríamos haber sido un país más de Europa, con nuestra guerra mundial incluida, con nuestro plan Marshall y nuestro gobierno democrático, me bulle la ira.
¿Que podría no haber sido así? Quizá. ¿Que hubiera sido terrible pasar por una guerra mundial? Puede ser, pero con la ayuda de los gobiernos “democráticos” habríamos tenido la oportunidad de luchar contra el fascismo en vez de aliarnos con el comunismo porque no quedó otro remedio. Porque eso fue exactamente lo que ocurrió; ahora, con la perspectiva de los años, sabemos que la República no fue vencida por las tropas de Franco, lo fue por la cobardía de Chamberlain y de Churchil y por la del gobierno francés. Si ellos hubieran prestado auxilio a la República cuando Azaña lo solicitó, los españoles no hubieran tenido que volverse hacia el único país que le ofreció ayuda: Rusia. Una dictadura terrible como la Stalin, que nos llenó el país de sus policias secretas, sus checas y sus terribles maneras de manejar una guerra. Si los “rojos” fueron crueles en la guerra, lo fueron en gran parte inducidos por los sanguinarios comunistas que trajeron a España munición, alimentos y adiestradores políticos. ¿Sabe la gente que si a un soldado se le acababa la munición debía seguir adelante porque si no los de su mismo bando le pegaban un tiro por desertor? Así funcionaban los comunistas rusos, los dueños del ejército desde que llegaron...El terror dentro del mismo terror. La tristeza que me invade por esas jóvenes vidas sesgadas por luchar por el ideal de un país sin terratenientes, sin empresarios corruptos y miserables, de misa diaria pero corazón de hierro, es inmensa.
Y mientras, Inglaterra y Estados Unidos vendiendo combustible a Franco y sus tropas para presionarle de que no se aliara con Alemania...Sin duda, detener el fascismo era más importante que ayudar a un gobierno legítimamente elegido...un gobierno que no era comunista sino una coalición de izquierdas.
¿Qué mas da eso a estas alturas? ¿Por qué remover viejas historias? ¿Por qué preocuparse de recuperar los cuerpos de gente asesinadas y enterradas en fosas comunes al lado de cualquier cuneta? Lo escucho y me rebelo.
No creo que debamos olvidar la Historia. No creo que nuestros jóvenes deban crecer en la ignorancia. Es más, hoy podemos ver las cosas con una perspectiva menos politizada que hace cincuenta años...pero tenemos que seguir viéndola. No podemos dar la espalda a unos sucesos que nos dejaron con un millón de muertos y otros millones de vidas a los que arrebataron su futuro.
No podemos decir que en el bando de los buenos estaban Churchil, De Gaulle,
Roosevelt o Truman y en el de los malos Hitler, Mussolini, Stalin y Franco. No. El bando malo está clarísimo; pero el de los buenos está tan plagado de claroscuros que resulta imposible declararles inocentes. El juego de la política es sucio. Y ellos fueron políticos. Tan políticos que nos dejaron en la estacada sin el menor remordimiento.
Ea, ya está, un desahogo personal que para eso lo trato en mi blog.
Podéis estar o no de acuerdo, lo respeto y aguardo contestación; pero la indignada mujer de izquierdas que vibra e mí no podía callarse.
Por cierto, el libro va de espionaje. Merece a pena leerse, os guste o no mi alegato.

jueves, 13 de agosto de 2015

Hoy un cuento: Gomita de nata.


En un país cerca de aquí vive una preciosa niña a la que sus amigos llaman “Gomita de nata”. ¿Queréis saber por qué? Pues porque al cerrar los ojos y dormirse comienza a salir de ella un olor especial que no tiene nada que ver con su colonia ni con el jabón con que la lava su mamá.
Nadie sabe desde que momento empezó a oler así porque como sólo le ocurre cuando está dormida, no habían reparado en ello. Lo descubrió una noche su tía Irene y cuando se lo dijo, Marina, que así se llama la niña, se quedó maravillada.
Aquella noche su mamá había ido a una fiesta y la niña se quedó con su tía. Juntas se metieron en la cama y comenzaron a leer y a comer chucherías ¡Lo pasaron en grande! Pero como Marina se durmió antes, su tía empezó a sentir aquel olor tan extraño. Intrigada, rebuscó en los cajones de la mesilla, olisqueó las flores secas del jarrón, metió las narices en los restos de las chuches…¡Pero nada, aquel olor no estaba allí! De pronto Nina se removió en la cama y su tía fue a arroparla. Los ojos se le agrandaron por la sorpresa ¡Era Marina quien olía tan bien! Y rápidamente supo de qué era el aroma… ¡De goma de nata!
Cuando era pequeña a Irene le habían encantado las gomas de nata y se pasaba las horas muertas en el colegio con la goma pegada a la nariz ¡Y ahora su sobrina olía igual! ¿Qué mágica sorpresa era esa?
Nadie lo sabía. Sin embargo, a partir de investigar en la guardería, una profe le dijo que había notado algo pero que había creído que era una colonia nueva para bebés.
Sin salir de su asombro, su mamá empezó a olerla todas las noches cuando se quedaba dormida y a Marina aquello le encantó porque toda su familia estaba pendiente de ella. Y empezaron a llamarle “gomita de nata”.
Un día, en el colegio, cuando ya tenía siete años, ocurrió algo increíble. Estaba haciendo sumas y se le acabó la goma; entonces empezó a quitar con los dedos los restos que se le habían pegado al papel y al mirar de nuevo la hoja ¡había borrado las soluciones de las sumas de arriba! Asustada, Marina se miró los dedos…¡ Llevaba un número pegado en la yema! Se lo quitó en un momento, frotándose el babi, y miró alrededor por si alguien la había visto ¡Y vaya que sí! Su amigo Carlitos estaba con los ojos grandotes fijos en ella.
  • ¡Hazlo otra vez! – le pidió.
Marina negó con la cabeza. No quería que la señorita se enterase porque a lo mejor se enfadaba.
  • ¡Venga, hazlo! – insistió Carlitos.
  • ¡Qué no, cállate! – suplicó Marina.
De repente, la voz de la señorita se oyó desde detrás de su mesa.
  • A ver, Marina y Carlitos ¿habéis terminado ya las cuentas?
  • ¡Marina borra sola! – gritó Carlitos haciendo que toda la clase se volviera a mirarla.
La señorita se acercó (tac, tac, tac) con sus tacones altos y miró muy seria a Carlitos.
Marina no sabía dónde esconder la cara porque la tenía colorada como un tomate; y para colmo, el 5 que se había quitado del dedo se le había pegado en una manga del babi. Corriendo, se lo limpió de un manotazo.
  • Bueno, Carlitos, ¿qué es esa broma? Marina no es ninguna goma.
  • ¡Pues en su casa la llaman “gomita de nata”! – se chivó Valentina.
  • ¡Pero es por mi olor! – replicó ella, poniendo cara de querer morder a su amiga.
  • ¿Cómo? ¿Cómo? – la señorita se acercó un poco más y le olisqueó el pelo - ¿Qué es eso de que hueles a goma de nata? Yo no huelo a nada.
Marina bajó la cabeza, avergonzada porque todos la estaban mirando.
  • Es solo cuando estoy dormida – respondió bajito.
  • ¡Que se duerma! ¡Qué se duerma! – gritaron los niños a coro.
  • -¿Ahora no tengo sueño! – protestó ella.
  • ¡Bueno, pues que te entre! – insistió Carlitos – Pero es que además – le contó a la señorita poniendo cara de revelar un secreto - ¡Es que borra! ¡Yo la he visto como se quitaba un cinco de encima!
  • ¡Pero no sé cómo lo he hecho! – se defendió Marina mientras los otros niños rodeaban su pupitre al grito de: ¡Borra! ¡Borra!
La señorita, que no sabía qué hacer porque jamás se había encontrado una niña tan curiosa, mandó callar a todos con un silbato y después le pidió a Marina:
  • Por favor ¿quieres borrar esa hoja de cuentas?
Y Marina tuvo que hacerlo, claro ¡Lo mandaba la seño! Empezó con el dedo gordo y cuando se le puso colorado pasó al Índice, y después al Corazón, y así hasta que borró con todos los dedos y la hoja quedó en blanco.
La señorita se quedó con los ojos tan abiertos que parecía un búho pero sus compañeros dieron palmadas y la llevaron a hombros por toda la clase al grito de “¡Gomita de nata! “ “¡Gomita de nata!”
Durante todo el día fue la sensación del colegio y los demás profesores vinieron a ver cómo Marina dejaba limpias las hojas de su cuaderno.
A partir de entonces sus compañeros no tuvieron problemas para borrar cuando se les acababa la goma porque siempre estaba Marina para echarles una mano.
Sin embargo, la profesora se había quedado muy intrigada y quería saber si lo del olor también era verdad. Una tarde, a la hora de gimnasia, estuvieron jugando a los bolos y se le ocurrió dar permiso a los niños para que se tumbaran en las colchonetas, y como estaban muy cansados y el sol entraba calentito por la ventana, todos se quedaron dormidos. Entonces, un olor estupendo comenzó a llenar el gimnasio…¡Olía a nata!
La señorita, que no quería que los niños se perdieran aquello, comenzó a espabilarles uno a uno, poniéndoles un dedo en la boca para que no despertaran a Marina, y así todos pudieron disfrutar de su olor.
Y a partir de entonces todos, todos los niños del colegio la llamaron también “Gomita de nata”.
Y colorín, colorado, este oloroso cuento se ha acabado.


Para Elena, de tía Chus, en recuerdo de una noche en que mamá se fue de cena y nosotras lo pasamos genial. Enero 1999.

jueves, 6 de agosto de 2015

¡VACACIONES?

Este verano no parece que vaya a ser muy de escapadas para mí  aunque  sí  he decidido tomarme sabático el mes de agosto; lo que pasa es que en vez de colgar el cartel de "Cerrado por vacaciones" he optado por dejar que  mi blog siga vivo con vosotros. Para los que me seguís desde antiguo no os ofrezco nada nuevo pero para los que os habéis añadido recientemente quizá os apetezca leer mis antiguos relatos o reflexiones. Me parece increíble  que en estos 3 años de existencia haya recibido   18.000  visitas, que mi nombre se conozca en todos los continentes ( alucino cuando veo las estadísticas y salen reflejados en verde) y que sigáis apoyándome con vuestro calor y fidelidad.
De verdad, no tengo gracias suficientes para daros a todos.
En septiembre volveré renovada ( con mi nueva novela casi acabada, sueño) y esperando que no me hayáis olvidado.
 FELIZ VERANO. Con vacaciones o sin ellas, disfrutemos del lema "carpe diem".

CRHISTIAN, EL HOLANDÉS ERRANTE.
No debe sobrepasar los cuarenta, aunque en su estado es difícil precisar la edad, medirá al menos 1,75, tiene el pelo rubio pajizo y los ojos tan azules como el mar en calma escondidos tras unas gafas de pasta del mismo color que su mirada. Viste tejanos, camisa blanca y chaqueta beige, todo tan sucio como sus manos, que parece hubiera metido en carbonilla.
Crhistian es un mendigo. Así se definió él.
Lo conocí la otra mañana en los bajos de mi portal, sentado en el suelo y apoyando la espalda en la pared. Mi acompañante, más curiosa y sociable que yo, si cabe, lo miró con descaro y él a nosotras con idéntico interés. No es extraño puesto que Ángeles se mueve en silla de ruedas. Teníamos que aguardar y nos acomodamos a su vera, con una complicidad a tres que enseguida se hizo evidente.
Crhistian nos dijo que estaba mendigando...para cerveza. Mi carcajada, espontánea por lo descarado de su explicación, hizo asomar una sonrisa en su atractivo rostro y, a partir de ahí, la charla estuvo abierta.
Así supe que era holandés, que lleva cerca de treinta años en España (de ahí su magnífico dominio del idioma), que trabajaba como profesor de inglés en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no conseguía acordarse...- aquí fue cuando Ángeles aludió al Quijote y él recitó su primer párrafo como lo haría el mejor maestro de escuela - y que a pesar de amar su oficio, amaba más la cerveza. Porque eso es lo único que bebe. Cuando nos agradeció que nos tomáramos su confesión con ese buen humor y yo repliqué que si era su opción me parecía respetable, me aseguró que del mismo modo que hay personas que lo desprecian, otros se sienten compasivos y le dan dinero, como un señor que el día antes le había regalado veinte euros. Yo repliqué, jocosa ¡Pues con eso habrás tenido hasta para whisky! Y él denegó, asegurando que su interés se centra en la cerveza. O sea, que es un alcohólico de cebada, única y exclusivamente.
Tuvimos que irnos y mientras nos despedíamos nos contó que su proyecto era marcharse al día siguiente a Portugal (ignoro el medio porque dinero no tenía); nosotras le deseamos suerte y se nos quedó grabada su sonrisa y buen talante.
Hicimos nuestras cosas y a la vuelta seguía allí, con unas monedas a sus pies y la misma lata de Heineken al lado. Y su sonrisa volvió a florecer al vernos y nos saludó con un cariño de viejos amigos (a todo esto, los cotillas del banco de los bajos de mi casa estaban tan pendientes como lo estuvieron antes, con cara de escándalo por vernos compadrear campechanamente con un indigente)
Ángeles le preguntó si había comido algo y dijo que no tenía hambre pero en sus ojos se leía la mentira y ella insistió en que tendría que comer. Acabó confesando, curiosamente arrebolado, que sí que tenía y yo me ofrecí a bajarle un bocata...con cerveza. Su respuesta fue una sonrisa que no supe hasta después que había sido de incredulidad, porque cuando regresé para llevarle dos sándwiches (del universalmente bien acogido york y queso), una lata de aceitunas y, por supuesto, una cerveza, sus ojos se abrieron con tal pasmo al tiempo que se humedecían que me sentí casi avergonzada. Y más cuando cogió mi mano y me la besó con reverencia farfullando un “No tenías por qué hacer esto. No me conoces de nada” ¡Jod...! Respondí con desparpajo “¿Quién sabe lo que nos depara la vida? Hoy por ti, mañana por mí” y me despedí dejando a mis espaldas a un hombre como una torre con los ojos húmedos por un simple arrebato de compasión.
Porque no soy de las que se ablandan a la primera. Bueno, hay días que sí y días que no. Habiendo trabajado tantos años con la marginalidad, aprendes que no siempre es bueno dar el pez en vez de la caña, aunque haya momentos en que el pescado está más a mano y tu corazón más tierno.
Pero con Crhistian me acordé de mi madre, que una vez hizo entrar a un mendigo a casa y le plantó delante un plato de cocido que el hombres se zampó ante mis atónitos ojos y los de mis hermanos como si fuera un manjar de dioses. También a aquel hombre se le humedecieron los ojos. Y a nosotros, claro. Muchas otras veces la he visto dar comida o dinero a gente que pasaba pidiendo y aún hoy, si mi hermana en un arrebato de mala uva les despacha sin nada, se le llenan los ojos de lágrimas y con un nudo en la garganta nos dice “Con la vergüenza que debe dar pedir, y vete a saber porqué lo hará”. Para ella es imposible de entender el mundo de las mafias y sólo cree en la motivación del hambre (que para algo vivió la posguerra). Nosotros, más modernos, tenemos más duras las entrañas.
Pero Cristian me removió por dentro, no sé porqué. Tal vez por mi imaginación desbocada que me hizo preguntarme qué habría llevado a un holandés alcoholizado hasta una secundaria avenida de una población tan poco “glamorosa” como Badajoz. A lo mejor fue por su físico, realmente atractivo, o por su locuaz comportamiento, o...por la pena que me dio ver a alguien con una vida que podría ser de otro modo tirado allí, desperdiciado.
¿Qué llevará, por Dios, a una persona a esconderse en el alcohol? Quiero imaginar a modo romántico, si es que puede clasificarse de ese modo a algo que te hace tirar tu vida por la borda, que fue el desamor de una mujer. Pero aún así ¿dónde está el punto que te hace pasar del desgarro del dolor al adormecimiento de unas cervezas? ¿Cómo se llega a eso? Supongo que nunca lo sabré porque no me llama el alcohol ni el resto de denominadas drogas blandas... (Nunca he oído de un cafeinómano que mendigue, la verdad, ¡aunque con la crisis, quien sabe!)
A lo que íbamos, que divago; aún mi recuerdo se demora a ratos pensando dónde andará Crhistian, junto a qué portal pedirá y si habrá encontrado alguien noble que lo acercara a Portugal. También a Ángeles le ocurre. Somos dos bobas de cuidado. O no.
Pero ojala los Crhistian del mundo no existieran. Aunque sólo fuera por no llenar de tristeza los recuerdos de los afortunados que sí tenemos una vida “normal”. Y que, el destino lo quiera, siempre podamos tenerla.
7/ 7/ 2013

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