"Si pudiera dormir rodeándote con mis brazos, la tinta podría quedarse en el tintero" (D. H. Lawrence)

miércoles, 31 de octubre de 2018

La curva en la carretera

            Código de registro: 1810318870733

 
Andrés conducía despacio. Llevaba unas copas de más después de haber celebrado Halloween en la parte antigua de la ciudad con sus amigos universitarios. Le insistieron para que se quedara a dormir, pero al día siguiente había acordado con su padre que llevarían flores a la tumba de su madre y prefirió regresar al pueblo. El recuerdo le empañó la alegría de la juerga y de los absurdos disfraces que habían lucido por calles y bares. De inmediato le vino a la mente la imagen de una chica de cabellos oscuros y semblante pálido que había vislumbrado en unos cuantos tugurios. En el primero se sintió halagado por su descarada atención, en el segundo, le siguió el juego y le guiñó un ojo, imaginando una pura coincidencia, pero ella le dio la espalda y se alejó. Sorprendido, Andrés había vuelto a la música y las copas, pero cuando se topó con su mirada en el tercero frunció el ceño. ¡Era Halloween, por Dios! ¿Lo estaban acosando o incitando? Ni comentó ni sus amigos hicieron bromas al respecto. Nadie pareció reparar en ella. Y después ya no la vio. La había olvidado hasta ese momento.
De repente, la sangre se le heló en las venas al divisar una figura en el arcén de la carretera. No llevaba reflectante ni hacía el signo de auto stop, pero la distinguió metros antes de ponerse a su altura. Y cuando lo hizo se le erizaron los vellos de la nuca. ¡Era ella, la chica de los bares! Una muchacha de apariencia normal, con tejanos, botas y una cazadora roja. ¿Qué pintaba tan lejos de la ciudad en mitad de la noche? Aprensivo, Andrés pasó de largo. Luego, sus entrañas le dijeron que no fuera absurdo, que no podía dejar a una chavala tirada en la cuneta con el frío que hacía por rara que le resultara. Miró por el retrovisor y ella seguía parada, los puños apretados y los labios tensos, como si le reprochara su cobardía, aunque sin dar muestras de tiritar, pese a la helada, ni de correr a refugiarse. Mosqueado, dio marcha atrás , se puso a su altura de nuevo y le abrió la ventanilla.
¿Te llevo a alguna parte?
La chica asintió sin sonreír, subió al asiento del copiloto y fijó la vista al frente.
No eres de Zarzales. Recordaría tu cara…- Se obligó Andrés a conversar, aturdido por tan extraña pasajera – ¿Es allí dónde vas?
Ten cuidado en esa curva. Puede patinarte el coche.
Andrés pensó que tenía una voz ronca capaz de ponerle a cien si lo acompañaba de un buen vocabulario; sin embargo la hizo caso y aminoró la marcha. Las ruedas chirriaron por el hielo y mantuvo fijas las manos en el volante. Le tranquilizó ver las primeras luces del pueblo a escasos kilómetros. Volvió a escuchar su voz.
María me pidió que te trajera de vuelta a salvo.
Andrés, confuso, no entendió el mensaje. «¿Qué María? » Pero el respingo de verse solo en el habitáculo le cortó la respiración y apretó el pedal del freno por inercia. «¿Dónde estaba la chica ? ¿Qué María? ¡Su madre se llamaba María! »
Bajó del coche y vomitó en el arcén el poco alcohol que le quedaba en el cuerpo. ¿Le habrían dado un tripi con la bebida? Era noche de Halloween pero...Como respuesta, una luz difusa iluminó el cementerio a lo lejos. Andrés se restregó los ojos y se puso a llorar como un niño. «¿Su madre le había enviado un ángel para que le salvara la vida?» ¡Ella había muerto en un accidente de auto, aunque no en ese lugar! Incrédulo, perdido, agradecido, cerró la puerta y condujo hasta su casa a velocidad de tortuga. Mientras, la luz lo acompañó en la distancia.


Adelanto un día mi blog para que os llegue a tiempo el relato.
En homenaje a las fiestas de estos días y a la leyenda urbana de la chica de la curva. ¡Ja, ja, ja!¡ Feliz Halloween!

No hay comentarios:

Publicar un comentario