Muy señora mía:
Espero, confío y deseo que al recibo de la presente se encuentre usted, y todos los suyos, en perfecto estado de salud.
Aunque soy plenamente consciente de su desconocimiento acerca de mi humilde persona, debo manifestarle que cuento con el honor de haber sido presentados formalmente en el acto de la revisión de su declaración de la renta de las personas físicas del último ejercicio. Efectivamente, tal y como estará suponiendo en estos momentos, soy el funcionario que, para su desgracia ha puesto al descubierto su intento de fraude fiscal.
Comprendo que esta anómala circunstancia es muy probable que no obre en favor de mis pretensiones hacia usted, pero déjeme anticiparle que mis intenciones hacia su persona son completamente honestas y cien por cien transparentes.
Debo decirle que he quedado absolutamente impresionado por usted, y no me estoy refiriendo tan sólo a su presencia física, que también, si no a su porte, a su elegancia, su donosura y su distinción, que la harían brillar con luz propia en cualquier concurrencia, foro o lugar.
No incurro en exageración alguna si le digo que esta primera impresión sobre su persona se ha visto muy superada en el mismo momento en que usted me sonrió. Mi enajenación se elevó al culmen en el momento en que comenzó a hablar. ¡Qué dicción!
¡Qué tono! ¡Qué sonoridad! ¡Qué argumentación! ¡Qué inteligencia en sus respuestas!
¡Qué rapidez de reflejos en su debate!
Le confieso señora mía que, al margen de que todo lo que me dijo en nuestra conversación no fueran más que mentiras e intentos de manipulación destinados a la consumación del fraude, me quedé completamente arrebolado por su arrolladora personalidad, su seguridad, su encanto, su mirada y su manera de ladear suavemente la cabeza hacia la izquierda.
Ruego no considere excesivo mi atrevimiento de enviarle esta misiva y espero, le ruego, que acepte mi invitación para cenar el próximo sábado en el Restaurante Copacabana de esta misma localidad, donde me he tomado la licencia de reservar mesa para dos a las veintiuna treinta horas.
Sin otro particular, reciba usted las consideraciones más distinguidas de este insignificante revisor fiscal que se declara eternamente suyo.

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