El otro día se me adelantó mi querida Pilar Galán escribiendo sobre los contestadores automáticos y la rabia que genera hablarle a una máquina, pero me resisto a dejar en el tintero mi experiencia de las últimas semanas. Me las han dado por todas partes. Intenté conseguir cita en el SEPE para acudir a mi población y tras mil intentos, a diferentes horas del día, lo logré en una población vecina a veinte minutos en coche. Para los que vivís en grandes ciudades eso es normal, pero para las que lo hacemos en pueblo de cuarenta mil habitantes, no. No concibo que en mi oficina no haya hueco para tratar una urgencia, ni siquiera presentándome ante el buldog que protege sus puertas. No hablo por hablar; se puede realizar el trabajo, por ingrato que sea, con un mínimo de educación, pero cuando no se tiene y encima hasta se regodea en su «poder», pues se merece el apelativo. Antes había intentado hacer la gestión online, claro, que se supone sería más rápido, pero ilusa de mí, para ciertas gestiones no vale la clave pin, tienes que tener clave permanente o dni electrónico y ante mi carencia, me tuve que aguantar sin acceder. Lo bueno es que, en todas las páginas te dicen que use el método online «para comodidad del ciudadano», porque así se intenta facilitar el acceso a los organismos públicos sin tener que desplazarte. ¡Y una m….! Porque luego hay un teléfono, el 060, que «también» te facilita trámites...si consigues que te atienda alguien tras hablar con un teclado que te pide mil datos y te pone de los nervios. Me pregunto cómo lo harán ciertas personas que no tienen acceso habitual a un ordenador si yo, que sí lo tengo, me enfado hasta enviarles a freír gárgaras, cómo resolverán los trámites sin una cultura informática básica. De verdad que me gustaría echarme a la cara a esos listillos que deciden que un ordenador te atiende mejor que una persona.
Por otro lado, están las compañías telefónicas. La mía lleva prometiéndome el oro y el moro para que no les abandone. Un tipo me endosó un número de teléfono que no necesito porque así me abarataba la factura y resultaba absolutamente gratis. Bueno, pues no lo era. Lo he denunciado a la compañía de mil maneras y no ha habido forma, así que decidí hacerlo por WhatsApp para tener pruebas que presentar si los denunciaba a la oficina del consumidor. Y, lo admito, fui borde hasta el escándalo. Para empezar porque me jode que todos los que atienden el teléfono nos llamen «María» a las mujeres. ¿No tienes delante mi ficha y me estás preguntando el nombre? Pues me llamo Mercedes, Mercedes, recalco. La chica se disculpa como puede y me pasa con su compañera que, cómo no, quiere saber qué problema tienes, María. Otra a la que trato de pena, lo admito, pero me tiene frita esa despersonalización que hacen del cliente. Me jura y perjura que lo va a arreglar, pero que puede ofrecerme no sé qué milonga. Le digo que solo quiero que me arregle lo de ese número que no necesito y me vuelve a insistir, así que le repito que si no sabe solucionarme el problema que me pase con alguien que sí sepa. ¡Todo esto por mensajes! Me llevé media mañana y aún no sé si se ha arreglado porque insistió en que lo vería retirado en diez días. Y quiere hacerme una encuesta, encima, sobre mi satisfacción. Le dije que mejor lo dejara porque no le iba a gustar mi respuesta y, con todo, me la pasó. No respondí. No me da la gana, porque siempre aseguran que arreglan las cosas y luego es mentira. Hasta que no lo vea solucionado no pongo buena cara.
La deshumanización es inmensa en cuestión de trámites. Todo hay que hacerlo con cita previa, todo pasa por la frialdad de un contestador y la empatía es cero. Nos hemos convertido en cifras y letras sin caras, quizá porque así es más fácil jodernos la vida. Pero, por supuesto, de ese modo «nos la facilitan».




