Mi naturaleza optimista me lanza de cabeza a soñar con que un mundo mejor es posible, con que la humanidad aún tiene arreglo o que la Historia es cíclica y «esto» pasará también, como decía Og Mandino. Pero cuesta, señores y señoras, cuesta mucho mantener alta la moral y las ganas de seguir creyendo en el ser humano. Por cada buen gesto de algunos, se reproducen como larvas los malos.
Cuando era más joven me mantenía alegre la utopía de un futuro mejor, pero es que ya no soy joven y, para colmo, me gusta mantenerme informada, y he leído mucho y he escuchado a gente que sabe de los tiempos pasados más que yo, y por cada acto heroico hay cientos deprimentes. Hubo un tiempo en que creí en la política, pero la gente que admiré me ha demostrado tener los pies de barro; hubo un tiempo en que hubiera puesto la mano en el fuego por algunas personas, pero ya ni siquiera me acercaría a las brasas. Es como ser Atlas y llevar el peso del mundo sobre los hombros. El desencanto es el peor de los males para los que fuimos ilusos.
Y, con todo, aquí estamos, alzando la voz y suplicando que las conciencias no se adormezcan, elevando los puños para que se nos vea, desgañitándonos contra la maldad oficial, contra las mentiras burdas, contra el adocenamiento y el adoctrinamiento, del bando que sea.
Estoy cansada, lo confieso; y me muero por ceder el testigo y que otros luchen esas guerras que no podemos perder, pero mi llama se niega a apagarse mientas haya tanto silencio cobarde. Me ilusiona ver en las RRSS que mucha gente piensa como yo, pero luego, cuando llega el momento de estar en la calle, de hacer pública esa protesta, no somos tantos. Y habrá que seguir insistiendo. Nos jugamos la libertad de seguir creyéndonos libres.



