Querido Mariano:
Anteanoche volvió a llover en mi habitación. Llevaba un rato dormida cuando noté un roce en la mejilla. Después otro y otro y otro más... A tientas ―con cuidado de no tropezar y tirar el vaso con la dentadura postiza de mi compañera―, busqué la linterna, aquella que compramos hace mil años en Andorra, la encendí y encontré mi colcha cuajada de violetas. ¡Ya sabía yo que no te olvidarías de mi cumpleaños! Aunque no sé cómo haces para atravesar el techo; bah, seguramente a los de ahí arriba os resultará pan comido.
En fin, a lo que voy: ¡si supieras qué ilusión me hizo! No como durante mi primera noche en la residencia, cuando los chicos decidieron traerme aquí, donde tú y yo juramos no entrar nunca; decían que mi cabeza no andaba muy bien y, además, era un gasto inútil mantener una casa tan grande para mí sola. ¡Buf! ¡Cómo lloré aquella noche! Y tú también, desde lo alto, bien lo sé, que llovió sobre la manta un chaparrón de lágrimas y hube de dormir tiritando, arrebujada entre sábanas empapadas.
Bueno, la cuestión es que ayer, cuando entró el primer rayo de sol por la ventana, me levanté sin hacer ruido, procurando no despertar a mi vecina de cuarto, y guardé las violetas bajo el colchón, junto con los copos de nieve, perlas, estrellas, algodones de azúcar, plumas de ruiseñor y caramelos que haces llover en el dormitorio algunas noches.
Por cierto, hablando de caramelos: ten mucho cuidado con esas cosas, uno le cayó a mi compañera en pleno ronquido y casi se atraganta la pobre. Aunque semejante mujer me tiene con la mosca detrás de la oreja: le enseño tus regalos caídos del cielo y la tonta de ella se empeña en no ver nada y asegurar que estoy como una regadera. Por si acaso, no pienso mostrárselos a las cuidadoras, no vayan a tomarme por loca y atiborrarme de pastillas.
Te haré llegar estas letras por el método de costumbre: cuando vaya al cuarto de baño la curiosona de al lado, aprovecharé a subirme sobre la cama y, de un salto, colgaré la carta en la lámpara del techo: así la tendrás más cerca y llegarás a cogerla sin problemas.
Y, sobre todo, te pido un favor: no dejes de mandarme flores, azucarillos, onzas de chocolate... cualquier cosa. Saberte velando por mí es el único aliciente en esta cárcel de la que solo la muerte podrá librarme algún día. Por cierto, si tienes influencias en esas alturas por las que andas, pregunta si puedes llevarme contigo. ¡Te echo tanto de menos!
De buena gana dejaría la ventana abierta para facilitarte la entrada, pero está cerrada a cal y canto desde la tarde en que, deseando aproximarme a ti, quise trepar al pino plantado al otro lado del cristal.
Pero, oye, como para los ángeles no hay nada imposible, quedo a la espera de que, una noche, pases a través del tejado, rompas las cadenas de impotencia y desesperanza que me mantienen atrapada en esta prisión y me subas para siempre al mundo ideal donde vives. Y, juntos de nuevo, haremos llover sobre la tierra la felicidad que tu fallecimiento nos robó hace ya dos años, tres meses y seis días.
Julia
La autora de la carga ganadora, María Nieves Angulo, es Licenciada en Geografía e Historia por la Universidad del País Vasco. Como escritora ha ganado numerosos galardones en diversos certámenes de relatos y microrrelatos a lo largo de casi treinta años; por citar algunos, estos últimos meses ha obtenido el primer premio en el Concurso “Viajeros en el tiempo. Eduard Toda i Güell”, organizado por el Museo Arqueológico Nacional, y el segundo en el IV Concurso de Relatos de la revista “Con mucha gula”. Así mismo, es autora de varios libros de cuentos infantiles protagonizados por un chow chow llamado Cuki y sus dueños; se trata de tres volúmenes en los que, mediante el humor, se exponen conceptos básicos de Historia Universal y cuyo título es “Cuki a través de la Historia” (Editorial Círculo Rojo, 2021).




