"Si pudiera dormir rodeándote con mis brazos, la tinta podría quedarse en el tintero" (D. H. Lawrence)

jueves, 18 de julio de 2013

"El holandés errante"


No debe sobrepasar los cuarenta, aunque en su estado es difícil precisar la edad, medirá al menos 1,75, tiene el pelo rubio pajizo y los ojos tan azules como el mar en calma escondidos tras unas gafas de pasta del mismo color que su mirada. Viste tejanos, camisa blanca y chaqueta beige, todo tan sucio como sus manos, que parece hubiera metido en carbonilla.
 Crhistian es un mendigo. Así se definió él.
Lo conocí la otra mañana en los bajos de mi portal, sentado en el suelo y apoyando la espalda en la pared. Mi acompañante, más curiosa y sociable que yo, si cabe, lo miró con descaro y él a nosotras con idéntico interés. No es extraño puesto que Ángeles se mueve en silla de ruedas. Teníamos que aguardar y nos acomodamos a su vera, con una complicidad a tres que enseguida se hizo evidente.
Crhistian nos dijo que estaba mendigando...para cerveza. Mi carcajada, espontánea por lo descarado de su explicación, hizo asomar una sonrisa en su atractivo rostro y, a partir de ahí, la charla estuvo abierta.
 Así supe que era holandés, que lleva cerca de treinta años en España (de ahí su magnífico dominio del idioma), que trabajaba como profesor de inglés en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no conseguía acordarse...- aquí fue cuando Ángeles aludió al Quijote y él recitó su primer párrafo como lo haría el mejor maestro de escuela - y que a pesar de amar su oficio, amaba más la cerveza. Porque eso es lo único que bebe. Cuando nos agradeció que nos tomáramos su confesión con ese buen humor y yo repliqué que si era su opción me parecía respetable, me aseguró que del mismo modo que hay personas que lo desprecian, otros se sienten compasivos y le dan dinero, como un señor que el día antes le había regalado veinte euros. Yo repliqué, jocosa ¡Pues con eso habrás tenido hasta para whisky! Y él denegó, asegurando que su interés se centra en la cerveza. O sea, que es un alcohólico de cebada, única y exclusivamente.
 Tuvimos que irnos y mientras nos despedíamos nos contó que su proyecto era marcharse al día siguiente a Portugal (ignoro el medio porque dinero no tenía); nosotras le deseamos suerte y se nos quedó grabada su sonrisa y buen talante.
 Hicimos nuestras cosas y a la vuelta seguía allí, con unas monedas a sus pies y la misma lata de Heineken al lado. Y su sonrisa volvió a florecer al vernos y nos saludó con un cariño de viejos amigos (a todo esto, los cotillas del banco de los bajos de mi casa estaban tan pendientes como lo estuvieron antes, con cara de escándalo por vernos compadrear campechanamente con un indigente)
 Ángeles le preguntó si había comido algo y dijo que no tenía hambre pero en sus ojos se leía la mentira y ella insistió en que tendría que comer. Acabó confesando, curiosamente arrebolado, que sí que tenía y yo me ofrecí a bajarle un bocata...con cerveza. Su respuesta fue una sonrisa que no supe hasta después que había sido de incredulidad, porque cuando regresé para llevarle dos sándwiches (del universalmente bien acogido york y queso), una lata de aceitunas y, por supuesto, una cerveza, sus ojos se abrieron con tal pasmo al tiempo que se humedecían que me sentí casi avergonzada. Y más cuando cogió mi mano y me la besó con reverencia farfullando un “No tenías por qué hacer esto. No me conoces de nada” ¡Jod...! Respondí con desparpajo “¿Quién sabe lo que nos depara la vida? Hoy por ti, mañana por mí” y me despedí dejando a mis espaldas a un hombre como una torre con los ojos húmedos por un simple arrebato de compasión.
Porque no soy de las que se ablandan a la primera. Bueno, hay días que sí y días que no. Habiendo trabajado tantos años con la marginalidad, aprendes que no siempre es bueno dar el pez en vez de la caña, aunque haya momentos en que el pescado está más a mano y tu corazón más tierno.
Pero con Crhistian me acordé de mi madre, que una vez hizo entrar a un mendigo a casa y le plantó delante un plato de cocido que el hombres se zampó ante mis atónitos ojos y los de mis hermanos como si fuera un manjar de dioses. También a aquel hombre se le humedecieron los ojos. Y a nosotros, claro. Muchas otras veces la he visto dar comida o dinero a gente que pasaba pidiendo y aún hoy, si mi hermana en un arrebato de mala uva les despacha sin nada, se le llenan los ojos de lágrimas y con un nudo en la garganta nos dice “Con la vergüenza que debe dar pedir, y vete a saber porqué lo hará”. Para ella es imposible de entender el mundo de las mafias y sólo cree en la motivación del hambre (que para algo vivió la posguerra). Nosotros, más modernos, tenemos más duras las entrañas.
Pero Cristian me removió por dentro, no sé porqué. Tal vez por mi imaginación desbocada que me hizo preguntarme qué habría llevado a un holandés alcoholizado hasta una secundaria avenida de una población tan poco “glamorosa” como Badajoz. A lo mejor fue por su físico, realmente atractivo, o por su locuaz comportamiento, o...por la pena que me dio ver a alguien con una vida que podría ser de otro modo tirado allí, desperdiciado.
¿Qué llevará, por Dios, a una persona a esconderse en el alcohol? Quiero imaginar a modo romántico, si es que puede clasificarse de ese modo a algo que te hace tirar tu vida por la borda, que fue el desamor de una mujer. Pero aún así ¿dónde está el punto que te hace pasar del desgarro del dolor al adormecimiento de unas cervezas? ¿Cómo se llega a eso? Supongo que nunca lo sabré porque no me llama el alcohol ni el resto de denominadas drogas blandas... (Nunca he oído de un cafeinómano que mendigue, la verdad, ¡aunque con la crisis, quien sabe!)
 A lo que íbamos, que divago; aún mi recuerdo se demora a ratos pensando dónde andará Crhistian, junto a qué portal pedirá y si habrá encontrado alguien noble que lo acercara a Portugal. También a Ángeles le ocurre. Somos dos bobas de cuidado. O no.
 Pero ojala los Crhistian del mundo no existieran. Aunque sólo fuera por no llenar de tristeza los recuerdos de los afortunados que sí tenemos una vida “normal”. Y que, el destino lo quiera, siempre podamos tenerla.

7/ 7/ 2013

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"El holandés errante" by Mercedes Gallego is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

8 comentarios:

  1. por desgracia es algo muy habitual,aunque ya nos hemos acostumbrado a ver gente pidiendo por todos los rincones y el corazón lo tenemos un poco endurecido,ya no sabemos distinguir el hambre de las mafias,tu relato me ha gustado,creo que yo tambien le hubiera bajado el bocata y la cerveza hermana

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    1. Ya lo sé, hermana. Tú enseñas las garras pero luego eres blandita.

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  2. Los Crhistian nos ayudan a ser solidarios (si estamos dispuestos) y a valorar lo que tenemos, que es mucho.

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  3. Ains que a pesar de ser un poquillo bruja tienes muy buen corazón jajaja me ha encantado vuestro gesto y creo que yo también lo hubiese hecho :) Besitos para mi maestra preferida ♥

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  4. Estas cosas solo os pasan a vosotras.....gracias que os encontro!Seguro que se lleva un recuerdo genial alla donde vaya! Y gracias que hay gente tan estupenda como vosotras, no podia ser de otra manera!!!!

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    1. ¿Sólo nos pasan a nosotras? Estoy segura de que cualquiera encuentra personas como él nada más salir a la calle...Por cierto, no todos los días tengo el ánimo solidario; hay veces que mi corazón se endurece por la visión contínua de la pobreza ( aunque luego me sienta mal)
      A todo esto ¿ te importa firmar la próxima vez? me encanta saber con quien hablo. besos.

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  5. Preciosa la historia. Tu bichito, que según tú, no te sigue.

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    1. ¡Qué guay, saber que estás ahí! gracias, gracias. Con dos sobris que me sigan y dos que me ignoren me doy por satisfecha ( aunque os adore a las cuatro) Remuac.

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