"Si pudiera dormir rodeándote con mis brazos, la tinta podría quedarse en el tintero" (D. H. Lawrence)

jueves, 15 de agosto de 2013

"Mi padre"

Mi padre se llamaba Manuel Pérez Lomba, nació en Don Benito un día de Agosto de 1929 y ejerció la profesión de calderero desde que era un niño hasta que se jubiló, “dejando huérfana a la localidad de su buen hacer artesano” según consta en “La crónica de Don Benito”.
Murió en 2007, un 25 de abril, el día que los portugueses celebran su revolución de los claveles, y estoy segura de que mi padre hubiera preferido estar en cualquier tascucha lusa celebrando dicho evento que siendo el protagonista de su funeral puesto que era un hombre que amaba tanto la vida que le daba pánico la muerte; pero como en eso no se puede mandar, él se fue a cantar coplas con “los de arriba” mientras nosotros nos quedábamos para añorar su presencia.
No voy a ensalzar a mi padre como si hubiera sido perfecto, porque no lo fue; la vejez lo volvió gruñón y entrometido, pero hoy, al rememorarlo, son las imágenes más lejanas las que emocionan mi corazón.
Si estoy escribiendo esto es porque tirando papeles encontré el recorte del periódico que menciono más arriba y mis ojos se regodearon en su imagen, en la del hombre al que tantas y tantas veces contemplé trabajar – a veces hasta le ayudaba a sujetar un caldero mientras él remachaba los clavos, o mantenía caliente la fragua cuando moldeaba los hierros – con el que me sentaba a la mesa, con el que veía partidos de fútbol mientras me mandaba callar porque alborotaba como una loca y lo ponía de los nervios, o al que molestaba siempre que veía una corrida de toros en una tarde calurosa y se empeñaba en que mirase la “tele” con él cuando a mí siempre me ha repelido “la fiesta”… ¡Tantos momentos que entonces no significaban nada y ahora son un cúmulo de hermosos recuerdos!
Quizá no fue el mejor padre del mundo si lo miramos desde la óptica moderna aunque su papel resulta comprensible si pensamos que se crió en una época donde la obligación del hombre era simplemente traer el sustento a casa; con todo, hubo momentos en que lo intentó, en los que expuso a pecho descubierto sus buenas intenciones, como el día en que me compró mi primera cassette original de Miguel Bosé, ya que no podía llevarme a un concierto suyo, o el que me escuchó decirle que me gustaba un niño – teniendo apenas trece años- y no se rió ni enfadó, conversando conmigo como si fuera una adulta.
También le debo haberme iniciado en el glorioso arte de los crucigramas. La primera palabra que aprendí fue “tas” (yunque de platero); después vinieron “oto”, “eral”, “arana”…Tantos y tantos vocablos que despertaron en mí el amor por las letras.
Pero si algo me transmitió mi padre fue el valor de la amistad. Para él, después de la familia - y a veces hasta en el mismo nivel - estaban sus amigos. Manolo Lomba fue el mejor amigo que alguien pudo tener. Divertido, amante de la buena mesa, dispuesto a meterse en jarana, a soltar el primer gorgorito…”Mi niñez son recuerdos de un patio de Sevilla”, citaba Machado; y yo podría decir que la mía lo son de un patio con taller en el que mi padre trabajaba al compás del “Protagonistas” de Luís del Olmo o al de las canciones de “doña” Concha Piquer, o de su preferida, Marifé de Triana – aunque mi madre se decante en su memoria por Rocío Jurado o Manolo Escobar.
En todo caso, lo mismo da. Consiguió que yo heredara su devoción por la copla, llenando mi mente con las historias truculentas que en ella se narraban, como en “La bien pagá”, “Tatuaje” o “Picadita de viruela”.
Como ya he dicho, mi padre me enseñó a valorar la amistad y desde muy joven he presumido con que mis amigos son mi mayor riqueza. Así lo festejamos cada día de San Silvestre, cuando emulando a mi padre y su pandilla en lo que antaño fuera el bar Verea, despedimos el año al son de villancicos o coplas – dependiendo del grado de alcoholemia y de lo que nos pidan los parroquianos   (que tantas veces me reconocen como “la hija de Lomba”). Rememoro especialmente ese día porque en sus últimos años, cuando él ya tenía tan diezmados a sus amigos, no dejaba de pararse a saludarnos, con lágrimas en los ojos por los recuerdos de lo que tiempo atrás vivió él entre aquellas paredes, mientras se tomaba un “chato” con nosotros. Desde su muerte, no hay año en que algún amigo no me recuerde ese dato ¡Cómo si yo pudiera olvidarlo!
Poco más puedo decir, aunque queden tantos instantes en el tintero, para expresar quien fue mi padre, “el calderero de la calle Ancha”.
Sólo le deseo que esté feliz allá donde se encuentre, y que me mire con una sonrisa tierna, dándome el beneplácito por lo que conté al mundo de él.
En su nombre ¡Aúpa el Valencia! ¡Y en su defecto, el Real Madrid!


Este artículo apareció publicado en la revista "Vegas Altas y la Serena" durante la primera semana del mes de Julio lo cual me llenó de orgullo, pero también de alegría al saber que mucha gente volvió a recordar la figura de mi padre. Si hoy lo  presento aquí es porque ayer, 14 de Agosto, hubiera sido su cumpleaños y  creo que este regalo le hubiera gustado. Gracias papi, allá donde estés.


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4 comentarios:

  1. ten por seguro hermana,que con lagrimas en los ojos,lo mismo que todos los que lo leímos y tuvimos el honor de ser parte de su vida ,se estará tomando unos " chatos "con todos sus amigos y estará super orgulloso de su hija.lo mismo que lo estamos todos de tí.

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  2. ¡Aúpa el Valencia! Hay honores que es necesario compartirlos aun ausentes de sentido para uno.

    Abrazos mil.

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  3. Hay veces que la pluma no escribe, sino que canta. La tuya ha conseguido un timbre magistral y emotivo con este artículo tan personal. Enhorabuena.

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