"Si pudiera dormir rodeándote con mis brazos, la tinta podría quedarse en el tintero" (D. H. Lawrence)

jueves, 16 de mayo de 2019

Mujeres matemáticas


Maryam Mirzajaní, matemática iraní, profesora en la Universidad de Stanford. El domingo 12 de mayo, se celebró en su honor el día Internacional de las mujeres matemáticas. Maryam falleció a los 40 años como consecuencia de un cáncer, pero en sus pocos años de vida dejó un legado impresionante.

Ella es una de las mujeres que consiguió ver reconocido su trabajo y ser premiada por él pero hay muchas otras que apenas se « han colado» en los resquicios de la memoria.
¿Damos el paso de conocerlas?

Hipatía. Hija de uno de los hombres más sabios de Alejandría y primer nombre femenino que aparece en la historia de las matemáticas. Es recordada por sus comentarios acerca de la obra de Arquímedes, y por haber remplazado a su padre en su cátedra en la escuela de Alejandría. Los habitantes de la ciudad no comprendieron que asumiera semejante rol y la vieron como una hechicera. Más tarde fue acusada de influir sobre el gobernador para ponerlo en contra de los cristianos. En el año 415 fue martirizada y asesinada por un grupo de fanáticos encabezados por varios monjes.


María Gaetana Agnesi. Milanesa. ( 1718- 1799) Destacó en Lengua, Filosofía, Teología y Matemáticas. Al parecer, ocupó la cátedra de matemáticas y filosofía en la universidad de Bolonia por designación del Papa Benedicto XIV. Pero el reconocimiento le viene de haber escrito sobre el cálculo diferencial, en un manual que se tradujo a numerosos idiomas y es considerado la obra matemática de autoría femenina más antigua que se conserva. Terminó sus días dirigiendo un Hospicio, lo cual no resulta extraño teniendo en cuenta su vocación religiosa.


Sophie Germain. Parisina ( 1776- 1831). Presentó su Memoria en la Escuela Politécnica (donde le habían denegado el acceso a las clases) bajo seudónimo masculino. El profesor que la corrigió quedó tan impresionado que quiso «conocerlo» y fue lo bastante amplio de miras como para introducirla en su círculo de investigadores tras descubrirse el engaño. Pero nunca tuvo una preparación formal pese a dedicar su vida al estudio de las matemáticas. Mantuvo correspondencia con Gauss, el gran matemático alemán, parapetada en su alias y aunque obtuvo el reconocimiento de muchos de sus contemporáneos, también encontró detractores a su trabajo. Realizó importantes descubrimientos en el campo de los números, la física, la acústica y, sobre todo, la elasticidad.
En 1830, Gauss, profesor en la Universidad de Gotinga, la propuso para el Doctorado Honoris Causa, pero su sugerencia fue rechazada. El reconocimiento le llegó varios meses después de su muerte.
En la actualidad,el Gobierno francés concede el Premio Sophie Germain al investigador que haya realizado el trabajo más importante del año en matemáticas.


María Andresa Casamayor de la Coma. ( 1720-1780) En la Biblioteca Nacional se conserva el tratado de aritmética que escribió, con 17 años, bajo seudónimo masculino, como no podía ser de otro modo. Trata de las cuatro reglas básicas y sirvió para que los estudiosos posteriores conocieran las monedas y los sistemas de longitud, peso y superficie que se aplicaba en España antes de que se impusiera el sistema métrico decimal. 
 
Emmy Noether. ( 1882 -1935) Alemana, de ascendencia judía. Diestra en los idiomas, aunque su pasión eran las matemáticas, a las que decidió dedicarse pese a la oposición de la sociedad de la época y de las diferentes universidades. Su contribución fue fundamental para la física teórica y el álgebra abstracta. Científicos como Einstein la consideraron la mujer más importante en la historia de la matemática y, no obstante, debió recurrir a sus alumnos para publicar muchos de sus trabajos. 
 
María del Carmen Martínez Sancho. (1901- 1995) Primera mujer en conseguir el doctorado y la cátedra de matemáticas en España, en 1928, y la primera pensionada por la universidad de Berlín para profundizar en sus estudios y aprender nuevos métodos pedagógicos. Trabajó en institutos de Madrid y Sevilla.

Creo que con esta recopilación he abierto una senda para tod@s los que estéis interesad@s. Buscar más y mejor es fácil. Internet es un pozo sin fondo donde indagar. 
¡No os resistáis!


jueves, 9 de mayo de 2019

Imágenes






Apenas levanto un palmo del suelo. El cálido tacto de su mano me atraviesa la piel. Entramos en un sitio oscuro. Ella se cubre el cabello con un velo y me insta a estar callada unos minutos. Obedezco. Miro en rededor con interés, captando los breves rayos de luz que atraviesan las vidrieras. Mientras mi madre se arrodilla en un banco de madera, yo me siento a su lado y observo con curiosidad el murmullo de sus labios entonando una plegaria. Termina pronto. Hace la señal de la cruz y se incorpora. Ya en la calle le pregunto a qué hemos ido y susurra, como si le avergonzara, «A hablar con Dios» . «Hay que venir aquí para hablar con El?» , la interrogo. Una sonrisa enorme cubre su rostro, tan querido «No, con Dios se habla en todas partes; pero a mí me gusta venir aquí cuando no hay nadie» Y me doy por satisfecha.

Calor. Un calor insoportable. La puerta del patio entornada. En la radio Bella sin alma, cantada por un Richard Cocciante desgarrado. Repito la letra poniendo pasión en ello. Más que en la labor de aguja que tengo entre las manos. La sonrisa de mi madre, cómplice, me sostiene. Ella realiza una tarea increíble; con cuatro agujas e hilo blanco crea de la nada un mantel que después se empeñará en que forme parte de nuestro ajuar, el mío y de mi hermana.

Semana Santa. Me levanto de la siesta con la cabeza amodorrada y muerta de sed. Al pasar a la cocina encuentro a mi madre sentada a la sombra del toldo, con las piernas sobre una silla y un libro en el regazo. No necesito mirar el título para saber que se trata de un Caballo de Troya, el I o el II. Su lectura favorita en estas fechas. Pese al plástico de la cubierta, se ve ajado de la cantidad de veces que lo ha leído. Con una sonrisa cómplice preparo dos cafés y me siento en el suelo para beberlo con ella, a dejar que me suelte sus reflexiones, siempre tan locas, siempre tan tiernas. A escuchar su manera de ver a Dios, tantas veces repetidas, tantas veces escuchadas. Hoy, tantas veces añoradas.

Apenas he dejado el equipaje en mi habitación y ya me está diciendo «¿Vamos al huerto?» Asiento, encantada. Es la parte de mi casa que más me gusta. La que echo de menos cuando estoy fuera. Entrelaza su brazo con el mío y me enseña el avance de las plantas, se regodea en mostrarme las nuevas y , de vez en cuando, se aparta para quitar una flor marchita o arrancar una rama seca. Después regresa a mi brazo y entre macetas y arbustos le cuento cómo han ido estas semanas. No es mi madre quien me mira desde esos ojos azules vivos e inquietos, es mi confidente, mi asesora, mi otro yo. La voz de mi conciencia. Hasta sus reproches destilan ternura. Sus alabanzas calientan mi espíritu. Entre naranjos y limoneros nos olvidamos del mundo. Ya no puedo pisar ese huerto sin escuchar su voz, susurrando entre las flores.

Estas son algunas de las imágenes que me vienen a la cabeza cuando pienso en mi madre, que es todos los días. Se acaba de celebrar el día de la madre pero no me dice especialmente nada; para mí, su día son todos. Lo eran cuando la tenía en directo y lo son ahora, cuando la sigo disfrutando, aunque sea en «diferido». Sé que esté donde esté, me sigue acompañando y que lo hará hasta mi último aliento.

jueves, 2 de mayo de 2019

¿Admirable?


 



Una duda casi existencial me corroe desde hace unas semanas. Justo desde que terminé de leer Sakura, la novela de Matilde Asensi. Admiro profundamente la obra de Vicent Van Gogh. Con bastante probabilidad, si tuviera que escoger un cuadro de entre todos los que hay en el mundo me quedaría con uno suyo ( uno, por cierto, que pude contemplar en una exposición en el Thyssen y que pertenecía a un particular, por lo que no hay ni una sola reproducción de dicha obra en ninguna parte. No pude anotar su título ni comprar una postal de recuerdo. No había. Pero su belleza sigue en mis retinas) A lo que iba. El placer de contemplar sus lienzos...y el desaliento de conocer su historia personal. ¿Cómo alguien tan desagradable puede crear obras sublimes?
Y no es el único. Me han llegado historias de Pablo Picasso que lo describen como un mal bicho en toda regla. No obstante, su planchadora o su viejo con guitarra del periodo azul, me parecen fascinantes.
Eso por tocar a los pintores, si pienso en escritores se me cae el alma a los pies. Cela podría ser un genio, pero su mal ídem no le iba a la zaga, su soberbia desmedida lo convertían en alguien intratable. La prepotencia de Reverte en ocasiones me desmoraliza, porque sus novelas son lectura segura en mi biblioteca. Y así podría enumerar ni sé a cuant@s más.
Científicos y políticos son de comer aparte. A Albert Einstein  se le considerará el físico más importante del siglo XX , pero la desconsideración por el papel que desempeñó su esposa, Mileva Maric, en su trabajo me ofende. John F. Kennedy encandilaría al mundo, pero sus líos de falda hablan de un hombre con absoluta falta de valores por mucho catolicismo que pregonara. 
Entiendo que nadie es perfecto, que el mundo no es blanco ni negro, que TODOS tenemos derecho a nuestros puntos flacos, pero cuando lo que se conoce de ti es tu obra, cuando te conviertes en alguien tan, tan importante para el resto de la humanidad… valer tan poco como persona… No sé.
A mí me entristece.
Será que soy boba.

jueves, 25 de abril de 2019

Las invisibles también escribían


No encuentro mejor ocasión para ensalzar ( o dar a conocer en algún caso) a mujeres españolas que escribieron que en la semana del libro. Por suerte, de las que publican en la actualidad suenan sus nombres: Almudena Grandes, Matilde Asensi, Julia Navarro son ejemplos. Pero ¿qué hay de aquellas que compartieron espacio con la generación del 27? ¿O con los autores de posguerra? En mis libros de literatura jamás leí sobre las Sinsombrero: Josefina de la Torre, Concha Méndez, Ernestina Champourcin, María Teresa León, Carmen Conde, Rosa Chacel o María Zambrano, entre otras. Tan curioso apelativo surgió a causa de una fotografía que dos pintoras, Margarita Manso y Maruja Mallo, se hicieron con Dalí y García Lorca en la Puerta del Sol, los cuatro sin sombrero, acción que provocó una airada repulsa del resto de viandantes.
Si bien estas mujeres eran pintoras, lo cierto es que la intelectualidad femenina del momento se hallaba en un período brillante y las que escribían, pintaban, componían y esculpían, bajo la sombra de los intelectuales masculinos, se hermanaban para lograr sus objetivos de hacer visible a la mujer. Aunque no coincidieran en algunos aspectos, las unía la lucha común contra una sociedad que las rechazaba y ninguneaba. Compartieron espacio y mantuvieron una relación intensa con sus compañeros de generación; no obstante, con el tiempo, ellos mismos parecieron olvidarse de incluirlas en sus recuerdos. Publicaron en lo más in de la época, la Revista de Occidente y La Gaceta Literaria, y se reunían en el equivalente a la Residencia de Estudiantes, la Residencia de Señoritas o el Lyceum Club Femenino, de dónde salieron formadas mujeres excepcionales.
A pesar de eso, insisto, ¿quién no ha oído hablar de Lorca, Aleixandre o Gerardo Diego? Pero ¿quién conoce a María Teresa León, cofundadora con Rafael Alberti ( su marido) de la revista Octubre? Y eso que fue novelista, ensayista, dramaturga...se exilió con él tras defender los ideales de la República… pero el famoso es Alberti.
Con la guerra y la etapa franquista se acabó la participación cultural femenina que no estuviera sujeta a los gustos del régimen , por supuesto. Quienes no sufrieron exilio estuvieron en la cárcel o con la boca cerrada. Hasta que poco a poco, Carmen Martín Gaite, Carmen Laforet o Ana María Matute logran introducir resquicios de crítica social en sus obras y nos presentan una sociedad que, por desgracia, vivía en la más absoluta Nada como esplendidamente quedó plasmado en la novela de Laforet.
Lograrían publicar Mercé Rodoreda, Josefina Aldecoa, Mercedes Formica, Mercedes Salisachs y algunas otras, pero los conocidos de la época son Camilo José Cela, Sánchez Ferlosio o Delibes. Inmensos autores, no cabe duda, pero… escuece un poco que ellas, ganando premios Nadal a mogollón, sean menos leídas y nombradas que cualquiera de sus contemporáneos.
Por eso, desde aquí, les rindo mi pequeño homenaje.

Consultas: Wikipedia y «Mujeres de la posguerra» de Inmaculada de la Fuente ( Silex ediciones)