"Si pudiera dormir rodeándote con mis brazos, la tinta podría quedarse en el tintero" (D. H. Lawrence)

jueves, 16 de noviembre de 2017

7 de DICIEMBRE


"Nunca se dice adiós. No de un modo definitivo."

Un encuentro inesperado reunirá a Sylvie Doumier, escritora de novela policíaca, Sasha Abbaci, cantante famoso, y Dimitri Rouzade, fotógrafo freelance, en mitad del Atlántico.
Venciendo contratiempos, desconfianzas, persecuciones, sentimientos encontrados, secuestros y vicisitudes varias, se hilvanará una historia que transformará unas sencillas vacaciones en un inquietante periplo.
Desde las costas de Brasil hasta Venezuela, pasando por la selva amazónica, los protagonistas vivirán peripecias que ni siquiera en el seno de la civilizada capital parisina cesarán.
Dos hermanos, una mujer abrumada... y un clan mafioso.

Una aventura que te atrapará.


( 2,84 euros en PREVENTA, en Amazon )

jueves, 9 de noviembre de 2017

Espero


Espero.
Sentada.
Inmóvil.
En la inquietante penumbra de la luna llena.
Espero.
Y siento miedo de escucharte.
Me pregunto por qué tu decides
sobre mi estado de ánimo.
¡El estúpido corazón que es así de tirano!
Aguardo tu sentencia
cual veredicto de jurado.
Un simple vocablo y seré feliz o desgraciada.
En ocasiones te odio,
porque dominas mis emociones.
En ocasiones te amo
porque consigues que las estrellas brillen en la noche.
Y aquí estoy, aguardando.
Absurda esclava de ti.



jueves, 2 de noviembre de 2017

Claro de luna


Necesitaba perderme. Renegar del ruido y el caos en que se estaba convirtiendo mi vida. Las alabanzas, las palmaditas en la espalda, las miradas de envidia...Resultaba un contacto tan vacío que me asqueaba. Conduje sin rumbo por carreteras del norte, entre árboles gigantes que formaban galerías de sombras para darme cobijo, maravillada por el color de las hojas que amarilleaban y el gris del cielo encapotado. Me habían hablado de una pequeña casa rural que regentaba un tipo peculiar , acostumbrado a dejar a los huéspedes a su suerte, y me pareció el lugar idóneo para esconderme. Desistía casi de mi propósito cuando lo hallé, al final de un sendero estrecho señalizado por un tablón que rezaba «Villa silencio». ¡Y por San Judas que lo era! Ni el piar incómodo de los pájaros al atardecer se percibía.
La casa constaba de una sola planta , con tejado a dos aguas y chimenea. De no salir humo por ella hubiera dado por abandonado el lugar; con todo, me mordí los labios con incertidumbre y miré en rededor. No se escuchaba un alma ni había más medios de locomoción que el mío. Resistí la tentación de dar media vuelta cuando la puerta de madera oscura se abrió y asomó por ella la faz de un hombre de mediana edad, con cabellos crespos y ojos verdes que parecieron taladrar mi ánimo. Vestía cómodos pantalones con botas a media pierna y camisa holgada, como si fuera cazador o siguiera la moda de otra época , pero la ropa le sentaba bien a su cuerpo fornido. Rechacé el pensamiento esbozando una sonrisa que supuse amable y me presenté con voz distante.
– Me hablaron de la casa ¿ tiene usted alojamiento para un par de noches?
El me estudió como si lo estuviera decidiendo, lo cual me incomodó, lo admito, pero luego se volvió en redondo y abrió la puerta para señalarme el interior.
– Es todo lo que hay – declaró.
«Todo» consistía en un salón abierto, con el fuego crepitando frente a un sofá acogedor , una mesa con sillas de madera auténtica, ventanales con vistas al bosque , una cocina rustica y un dormitorio sin baño. Vislumbré un bacín bajo la cama y un aguamanil en un rincón. Tentada de dar media vuelta me dije ¡Qué puñetas, sólo será una noche! y asentí al taciturno posadero. Le cerré la puerta en las narices, abrí mi maleta para ponerme cómoda y ya en chandal salí a otear el panorama. Olía bien. Hallé sopa sobre la mesa y pan crujiente así que , advertida de que el hombre era huraño, me serví a mi aire. Cuando llevé el plato a la cocina estaba vacía y el fogón helado pero no le di importancia. Me arrebujé en un chaquetón acolchado y salí a merodear por los alrededores. La luna estaba alta y permitía recorrer el bosque sin usar la linterna del móvil, que por cierto estaba sin cobertura, aunque fuera lo menos raro de semejante sitio. Me incomodaba que el silencio fuera «tan» silencioso. En un claro hallé un grupo de lápidas. Sin nombres, excepto una. Sólo piedras enhiestas sobre mullido verde. Intrigada, palpé las tumbas y rocé con las yemas el frontal de los sepulcros, esperando un relieve, por mínimo que fuera, pero no lo había.
– Nunca supe sus nombres -escuché en un susurro, sobresaltándome.
–¿ Les conoció?
Me miró de nuevo , severo.
– Igual que a usted.
Fruncí el ceño, molesta por su hermetismo.
– ¿Quiere decir que fueron huéspedes de la villa?
– Hace muchos años que nadie acudía en una noche como hoy – asintió, cruzado de brazos con indolencia – La noche de difuntos.
Me estremeció un escalofrío la columna vertebral y el pelo se me erizó con desconfianza.
– ¿Está insinuando que es usted un asesino en serie o algo así?
Su risa sonó hermosa, seductora, y mi estúpida mente me dijo que el hombre resultaba atractivo. ¡Menudo momento para menudencias!
– Mi nombre es Samuel. Samuel Vigil.
En un fogonazo recordé que ese era el único nombre que figuraba inscrito en el inquietante paisaje de piedra donde me había adentrado. Samuel Vigil (1815 – 1850)
– ¿Insinúa que está usted muerto? - repliqué, mas furiosa que asustada.
– Estamos – asintió.
Y entonces lo recordé. El paisaje arbolado, el ciervo que no vi, el precipicio...el silencio.


jueves, 26 de octubre de 2017

Familia?


No logro que deje de sorprenderme cuando veo una serie o película  americana el que miembros de una familia pasen años sin verse, que unos y otros se pierdan la pista por completo, que los hijos se desentiendan de los padres y viceversa, que haya hermanastros que ni se conocen ...No nací ayer y mi visión de la familia ha ido cambiando con el tiempo; sé que todos escondemos cadáveres en los armarios, que TODOS discutimos en navidad, que si nos caen bien los «agregados» es porque muchas veces hacemos grandes esfuerzos...pero jo, por el  bien común los hacemos.
Me dicen conocidos que se mueven en otras culturas que es normal el hecho de que la familia se disgregue, que los hijos se independizan «a la fuerza» en cuanto cumplen la mayoría de edad, que las distancias son más grandes en ciertos países.
Sí, vale. Pero a pesar de todo me cuesta entenderlo. Me he pasado veintiséis años de mi vida a una hora de distancia de mi gente y ha habido ocasiones en que las circunstancias sólo me permitían verles cada equis meses, pero el contacto telefónico era constante  ( incluso nos compramos las dichosas webcams – aburridas ya por desuso- en un ataque de nostalgia ). ¡Y qué decir del pasado! De cuando estudié la carrera conservo mogollón de cartas, tanto de mi familia como de los amigos.
No sé si es que yo me relaciono con personas que necesitamos el contacto como el comer, que somos muy «tocones» ( léase del verbo tocar) y cuidamos unos de otros con interés, pero ese desapego de las pelis me parece antinatural.
Y luego, sin embargo, tienen el dichoso día de Acción de Gracias que parece que si no se juntan se les cae el mundo encima… Nieve o luzca el sol allá que se movilizan… Supongo que, o son incongruencias o es que los americanos, al igual que nosotros, tienen de todo, como en botica , y que en las pelis nos enseñan momentos dependiendo de lo que les venga bien para la trama.
No sé; me debato. ¿Cómo lo percibís vosotros? ¿Familia/ piña – Familia /dispersión?